Con un amor eterno te he amado y te amaré; así dice el Señor; no podemos defraudar la eternidad del amor con que hemos sido amados y se nos ama. La desilusión es un fraude al amor de Dios; la desesperanza es un ataque frontal a toda una iniciativa divina; hundirnos en nuestros fracasos es romper toda la confianza que Dios ha depositado en cada uno de nosotros. Somos únicos y creados insustituiblemente para ser obra de arte del mejor artista que se puede imaginar. Dios ha depositado toda su esperanza en cada uno de nosotros, a sabiendas de nuestras distracciones, fracasos y desilusiones. Sabe que, a pesar de ello, SU OBRA puede llegar al puerto deseado. Somos la esperanza de Dios; así, no queramos esperar por nuestras fuerzas; esa actitud nos lleva al fracaso. La esperanza es virtud teologal, lo cual significa que es un regalo del Señor; con Él, nos sentimos sumergidos en esta hermosa y eficaz virtud; claro, y las consecuencias son evidentes en nuestro día a día. Es Dios, que nos ha amado y nos amará eternamente, el que nos susurra al corazón con una pregunta esencial: responderás a mí amor? Sabrás sumergirte en la eternidad del amor? Somos la esperanza del Señor.
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