Ojalá llegara el día en que no se
celebrar ya ninguna efeméride aplicada a realidades esenciales en la vida.
Sería deseable que no existiera la jornada mundial de la paz, o el día mundial
de la tierra, o el día de la mujer; cuando esto celebramos, quiere decir que
estamos reivindicando algo de lo que carecemos;
puede ser la paz, cuya realidad está
ensombrecida por la agresividad y guerra en la que convivimos;
puede ser el día mundial de la
tierra, con cuya efeméride soñamos con una tierra respetada, amada y nunca
explotada; y…,
¿cómo no? El día mundial de la mujer;
jornada en la que soñamos en una sociedad en la que la mujer esté en el lugar
privilegiado que le corresponde.
Mientras celebramos cada uno de estos
acontecimientos, estamos manifestando la desidia con la que vivimos cada una de
ellas. Estamos celebrando el día mundial de la tierra; pues bien, San Francisco
vivía con la tierra, convivía con ella; no necesitaba un día especial que le
recordara la importancia en su vida de esa hermosa criatura a la que él
consideraba: “HERMANA MADRE TIERRA”. Considerar madre a la tierra, era una
expresión normal y conocida; unir al ya conocido calificativo, el de hermana,
es propio de San Francisco: LA TIERRA LA CONSIDERA MADRE Y HERMANA. Son dos
realidades muy importantes en la vida de cada uno de nosotros: la madre y la
hermana.
Las dos constituyen y enseñorean la
vida de cada uno de nosotros;
las dos nos dan vida y seguridad en
nuestro caminar, tantas veces incierto e inseguro;
las dos estimulan, con su presencia,
nuestro cansino y repetitivo luchar en tantos momentos de nuestra existencia.
A San Francisco, no hay que decirle
que respete la tierra; no solo la respeta, la ama, convive con ella, es su
madre; a San Francisco, no hay que decirle que no tenga actitudes agresivas con
la tierra; es su hermana, con todo el significado incluso revolucionario que esta expresión conlleva. Aquello ques
verdaderamente trascendental no son las palabras; son muchas las que se dicen a
este respecto y vemos que no se traducen en la práctica en un acercamiento
progresivo y real a la naturaleza y a lo creado. Lo verdaderamente
trascendental son las actitudes, el día a día; esto es lo que se revierte en
sostenibilidad de todo cuanto existe y convivencia respetuosa con la creación.
Claro, el asimilar las actitudes a
conseguir en nuestra vida forma parte de la sanación de cada uno de nosotros;
la salud de la tierra es un reflejo de la misma salud que nosotros poseemos; la
enfermedad de la tierra es evidencia clara de la enfermedad de la persona
humana. A veces, queremos poner superficialidad a nuestro actuar, nos da miedo
llegar hasta el fondo de aquello que debe ser la raíz de nuestro actuar, y nos
conformamos con aspectos superficiales que no llegan a contagiar y sanar las
heridas del corazón. Ahí, hemos de llegar; hemos de encontrarnos con nuestras
heridas que son las que causan las heridas de la tierra; y ahí, es donde quiere
encontrarnos el Señor; ahí es donde el Señor nos enseña a respetarnos a
nosotros mismos.
¿Qué significa
esto?
Significa que yo no puedo contaminar
mi persona dejando entrar vientos huracanados de egoísmos, envidias, odios y
apegos a superficiales realidades. Preguntémonos: ¿con quién voy yo a convivir
con este bagaje tan enfermizo? Todo aquello a lo que me acerque lo voy a
ensuciar con mi falta de limpieza y sanación. Saca primero la viga de tu ojo, y
serás después capaz de sacar la paja del ojo de tu hermano. El que el corazón
esté sano es obra de Dios; nosotros no tenemos la capacidad de sanarnos; y es
esta sanación la que nos conducirá a una equilibrada convivencia. La intensidad de esta, de la convivencia, en
cualquiera de sus múltiples facetas y matices, es proporcional a la salud del
corazón. Yo voy creando limpieza, salud y claridad en la medida en que Dios la
ha creado en mí, la integra en los hermanos y se proyecta en todo lo creado
Y
esto es un conjunto, es un proceso, cuya mayor intensidad es proporcional a la
mayor necesidad de quien lo recibe. En mi convivencia, doy amor a quien, en
esos momentos, más lo puede necesitar; no es a quien más se lo merece. En la
economía del amor, no tiene cabida la balanza: do ut des, o da a cada uno lo
que él ofrece; la balanza forma parte de la exigencia racional que no se aviene
con las leyes del amor; no es este el camino. En mi encuentro con la naturaleza,
yo tengo una relación de amor, yo doy mi
vida por ella, pues yo convivo con ella, y sin ella, no puedo subsistir; es
cierto que, en algunas ocasiones, esto se traducirá o se traduce en realidades
concretas y visibles que hemos de aportar en ocasiones especiales.
Nosotros convivimos con lo creado,
dándole toda la profundidad que tiene este verbo “convivir”; en cada uno de los
momentos de mi vida, tengo una actitud de respeto y amor a todo lo creado. Es
lo que San Francisco expresaba con la fraternidad universal. La paternidad de
Dios está presente en mí, en los hermanos y en todo lo creado. Es por ello que
me siento hermano de todos y de todo. Y si nuestro corazón, Dios lo sana,
reparto, a manos llenas, salud y vida en todo lo que me rodea.
Y volvemos a lo mismo; la fraternidad
es la mayor expresión de salud y sanación con la que aportamos lo mejor de
nosotros mismos al bien de los hermanos y de la creación.
Paz y bien en todo momento.



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