Es la pregunta que encabeza esta nuestra pequeña reflexión. No nos atrevemos a ser santos. Y no lo hacemos por mala voluntad, es, quizá, porque pensamos que eso es para otros, son otros los llamados y elegidos a esta tarea; nosotros somos, más bien, los que estamos destinados a pasar desapercibidos. En todo ello, hay una falsa y equivocada visión de la santidad. Hay que dar un golpe de calidad en lo que respecta a la santidad.
No necesitamos santos que llamen la atención con sus milagros y penitencias llamativas. No es esto lo que necesita el mundo; no es esto lo que necesita la iglesia. No hagamos el juego a los medios de comunicación social; en ellos, solo cabe lo llamativo lo que se sale de lo normal; sí, necesitamos santos de ir por casa, como se dice vulgarmente, que conocen su misión y la cumplen con sinceridad, entrega y sencillez. No hay mayor milagro que este:
PONER AMOR, EL QUE HEMOS RECIBIDO DE DIOS, EN TODAS LAS PEQUEÑAS COSAS DE CADA DÍA.
Ya veis, ni siquiera este amor, el que necesitamos para depositarlo en esas pequeñas realidades, es nuestro, lo hemos recibido, regalado, de Dios. Hemos de atrevernos a recibir el amor de Dios; Ya se sabe, en muchas ocasiones, es una caída en picado, sin apoyos ni defensas; y eso nos puede dar miedo, pensamos que son muchos los riesgos que corremos, son superiores a todo lo que nosotros podemos prever y dominar. Aquí está el atrevimiento, aquí está el riesgo. Dios quiere que nos deshagamos del miedo y entremos en el camino de la confianza y abandono. Es el amor liberador el que nos hace superar todos los precipicios y caídas en nuestro caminar.
Esto es lo que la iglesia necesita: hermanos que caminan, erguidos, serenos y en paz, en todos los infinitos vericuetos que su misión conlleva y comporta. Es esta actitud la que contagia e invita a otros hermanos a buscar el secreto de semejante caminar. El milagro es el contagio, la invitación, la paz que trasciende. La iglesia necesita padres y madres de familia que, conscientes de su misión, regalen, admirados, su amor paciente a sus hijos, consecuencia, ¿cómo no?, de ese mismo amor vivido y compartido entre ellos como esposos. Su vida, como padres y madres, debe ser, en cada momento, un milagro de amor que Dios deposita en cada uno de sus corazones, se intensifica y se agranda el amor mutuo como esposos, se entrega, generosamente, a los hijos y rebosa en toda la humanidad y en el mundo de la creación. Hay que ser valientes para ser instrumentos de los milagros de Dios.
Pero es que, si bien lo pensamos, no hay otro camino para nuestra felicidad. Nosotros salvaremos el mundo, a la creación, a los demás, desde la dimensión de nuestra propia felicidad que radica la intensidad de amor con que vivimos todos los momentos de nuestra vida. Y esto es lo que hemos de dar a este mundo en el que Dios nos ha colocado. Podemos equivocarnos y creer que el mundo necesita nuestros razonamientos; cuando sabemos que serán tan cambiantes como el viento; o que el mundo necesita nuestros criterios; si sabemos que, a la más mínima dificultad, se esfumarán como el humo; y no hablemos ya de nuestros intereses, egoísmos, impaciencias, fracasos, cambios de humor.
Ya veis, es posible que estemos gritando con la boca y tengamos el corazón llenos de ruidos tormentosos que nos remueven constantemente. Necesitamos creyentes de a pie, convencidos, experimentalmente, de la grandeza de la vida en la pequeñez de las cosas insignificantes de las que estamos rodeados, y que las tenemos al alcance de la mano. Y…, como creyentes, seguidores de Jesús, hemos de creer en la fuerza expansiva del amor. Nunca el amor puede quedar encerrado en las diminutas y pequeñas realidades en las que ha nacido. Trascenderá y salvará. Es este su destino. Es por eso que toda acción que aparece al exterior, sea del orden que sea, necesita, para su eficacia, la pequeña e insignificante semilla de amor de la que nace y enraíza su eficacia.
Ha habido una iniciativa que se le ha presentado al papa, consistente en que el santo padre proclame un JUBILIEO PARA SALVAR EL PLANETA. Creo que sería trascendental esta proclamación. Un jubileo tiene unas connotaciones bíblicas muy importantes que conviene recordar:
Remisión de las deudas.
Restitución de las tierras.
Liberación de los esclavos.
Reposo de la tierra.
Como veis, el cambio de las personas va unido a la transformación de la tierra que queremos defender o transformar. No olvidemos, cambio que queremos que se dé en la naturaleza, tiene su nacimiento y raíz en el cambio que se debe producir en el corazón de cada uno de los creyentes, que es, ni más ni menos, el amor depositado en nuestro corazón y que abarca y acoge a todo lo creado, respetándolo con toda intensidad.
El querer conseguir esta eficacia por otro camino, tendrá siempre un recorrido plagado de dificultades, muchas de ellas, como estamos viendo, insalvables, que impedirán que lleguemos al objetivo deseado.
Atrevámonos a ser santos, siendo personas entregadas al amor desde la pequeñez e insignificancia de las pequeñas cosas de cada día.
P. Llopis
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