Estamos en el devenir de la novena de San Francisco. Y cada día de la novena, es un camino nuevo
que nos propone nuestro santo. Hay una palabra que estaremos
continuamente presentando: la minoridad; San Francisco quería que
sus frailes fueran menores; expresión con la que el santo quería
que sus frailes estuvieran en la parte más baja de la sociedad, que
eran, a partir de la paz de 1210, la que ocupaban los más pobres de
la sociedad. En dicho contrato de la paz entre burgueses y nobles,
los boni homines pasan a llamarse, mayores, y los homines populi,
menores. Los frailes menores deben ser los más pobres y ocupar el
último estrato de la sociedad.
De aquí, también, esta
primera enseñanza de esta novena: EL DIOS MENOR; es el Dios pequeño,
pobre, que es el espacio del servicio, del acompañamiento; encumbrar
a Dios es alejarlo del estrato de los pobres, espacio en el que se
encuentran todas sus necesidades. Y, al ser menor, tiene los brazos
abiertos a todos los marginados, desviados, olvidados, sin voz.
Recordad el pasaje de los hermanos ladrones de las Florecillas. La
reacción de los frailes, humanamente, era justificada; pero, no era
propia de un fraile menor. Id, les dirá San Francisco, demostradles
que los queréis; nadie nunca los ha amado; todos los han siempre
marginado: son ladrones. Vosotros, los frailes menores, no; para
vosotros, son los hermanos ladrones; Por eso, desde la libertad que
os da ese regalo de Dios que es la minoridad, invitadles a pan y
vino…, ya veis, es lo más que tenían, y, desde vuestra acogida
pacífica, provocaréis en ellos, la promesa de ya nunca más asaltar
a los demás.
Cuando nos sentimos
propietarios de la razón, parece que nos sintamos hasta con el
derecho de emplear violencia en contra de los demás. La violencia
engendra violencia; aunque esta sea, humanamente justificada y
razonada. Y nunca la violencia es manifestación de un corazón libre
y menor, como es el seguidor del evangelio de Jesús. Y, si a la
`primera invitación, los hermanos ladrones no responden
oportunamente, no lo dudes, invítalos a queso y olivas, que es el no
va más de la generosidad; y esta vez, allí, en la montaña,
extiéndeles el mantel y haz que disfruten de la invitación. San
Francisco no piensa en la respuesta; más aún, no la sabe; pero sabe
que una actitud pacífica y acogedora engendra siempre nuevas
actitudes positivas en aquel que la recibe.
Y así fue. Los hermanos
ladrones, en virtud de ese gesto acogedor de los frailes menores, se
hicieron fieles seguidores de San Francisco.
Es por eso que pasamos del
Dios menor a este nuevo título:
DE LA MINORIDAD DE CRISTO A LA
MINORIDAD DE FRANCISCO
San Francisco, en su vida,
solo tenía un libro en el que leía todas las orientaciones de su
vida. ES LA PASIÓN DE CRISTO; de todos es sabido, lo difícil y
costoso que era, en su tiempo, el poder tener un libro; pues bien,
aquel que poseía todas las enseñanzas más claras era el Cristo
crucificado. Esto quería que sus frailes siempre tuvieran presente:
el libro de la pasión. Es por eso que los artistas plasmaron, en el
sacro convento, siempre bien visible la escena de la crucifixión. En
la basílica inferior, sentándonos en cual asiento del coro,
tendremos a la izquierda, la preciosa crucifixión de Giotto; y, a la
derecha, la inconmensurable crucifixión de Pietro Lorenzetti; áun
había, otra a la espalda, en el mismo ábside, que fue sustituida
por la escena del juicio final que hoy contemplamos.
Si subimos a la basílica
superior, tenemos la misma escena. A derecha e izquierda, sentándonos
en cualquier sitio del coro, el primer espectáculo que se nos
ofrece, son las dos inigualables crucifixiones de Cimabue. La máxima
expresión de la minoridad, en Cristo, era su muerte en la cruz. No
podía llegar a un estrato más bajo. Es esto lo que leyó
palpablemente San Francisco; y, para que nunca sus seguidores lo
olvidaran, se les plasmó, de una manera evidente, en cada una de las
basílicas.
San Francisco, contemplando a
Cristo en la cruz, pobre, menor, no podía optar por otro camino que
no fuera el de la minoridad. San Francisco no es el original; el
original es Jesús; nuestro santo, como es natural, imita, sigue el
modelo que es Jesús; y esto desde sus inicios; la cruz de San
Damián, en medio de sus dudas, ya aclara el camino a seguir; la tau,
por su gran parecido con la cruz, será el santo y seña de toda su
vida. El culmen aparecerá en el calvario franciscano que es el
santuario de la Verna. Sentir el sufrimiento que Cristo tuvo en la
cruz; y, con él, con el sufrimiento, el inmenso amor que, por
nosotros, derrochó en el madero de la cruz. Y, efectivamente, San
Francisco, fue estigmatizado con Él en la cruz de la Verna. La
minoridad de Cristo se prolongó en la minoridad de Francisco.
Podemos interpretar con todo acierto: el amor de Cristo se plasmó
con toda intensidad en el mismo amor de Francisco.
P. Llopis
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