Es muy sencillo; Él, el Señor, está siempre a punto; no hay que pedir cita, ni audiencia, ni hora. En cualquier momento del día o de la noche, Él siempre vigila; su misión es estar a la escucha de aquel que lo pueda necesitar o que quiera dialogar con Él. Eso sí, hablar con Dios siempre ha de ser un diálogo; si hablas tú solo, Dios calla; a Dios no le gustan los monólogos; los monólogos no esperan respuesta, y hablar con Dios supone siempre un intercambio; Dios espera tu respuesta, como tú esperas la de Dios. Os escribo esta reflexión después de nuestra fiesta de San Francisco en el Racó; la voz de Dios se escuchó, con mucha claridad, en todos los que participamos; nuestros rostros, nuestras miradas, brillaban ante la escucha de la voz sonora del buen Dios. Yo creo que hasta las hojas de los árboles y las plantas sonreían ante el paso alegre de todos los hermanos. La fiesta era un verdadero diálogo de Dios con nosotros.-
Puedes hablar con Dios, mientras vas por la calle, mientras paseas, mientras conduces, cuando descansas tranquilamente en casa, cuando disfrutas de tus hijos, de tu esposo o de tu esposa. Claro, todo esto se realiza, si tiene su justa medida y su horizonte claro. Todo lleva a escuchar a Dios, si, en nuestra vida, en sus manifestaciones, domina el diálogo, eliminamos el monólogo. No queramos entrar en contradicciones evidentes: exigir a Dios lo que, abiertamente, nosotros no realizamos. Estamos creados a imagen de Dios, y, si a Dios no le gustan los monólogos, quiere decir que a nosotros también nos cansan estos protocolos; si Dios convive con el diálogo, la consecuencia es clara: también nosotros disfrutamos del mismo ejercicio. Lo contrario es ir contra natura, que conlleva siempre destrucción y vacío.
Puesta esta base coloquial, vamos a adentrarnos en este anhelo, natural a nuestra esencia, de relacionarnos con Dios. Es muy importante; hablar con Dios no es nada especial, es lo MÁS LÓGICO, ESPONTÁNEO Y NATURAL QUE PODAMOS HACER. Es nuestra respiración, aquello que nos nace con nuestra propia realidad, y que debe desarrollarse al ritmo de nuestro propio crecimiento. Si lo vemos como algo ajeno a nuestra vida, como un añadido más, nunca entraremos en la profundidad de la contemplación. Somos de Dios y en Dios; por lo tanto, lo más normal es que me relacione con Quien es mi creador, mi protagonista, mi acompañante esencial.
Para Dios no soy un número más, un ser anónimo perdido en la multitud; soy alguien importante en la vida de Dios. Claro, si esto es así, es muy fácil la conclusión. No estoy solo en la vida; cuento para Dios; por lo tanto, debo poner mi vida, con todas circunstancias, en contacto con Dios. Esto no es algo accidental; mi vida va a cambiar en cuanto se dé este milagro real:
ENCUENTRO DE MI VIDA CON ESA PREOCUPACIÓN DE DIOS.
De ahí nacerá una fisonomía personal. Voy a sentir y experimentar que Dios está en el centro de mis preocupaciones, sufrimientos, fracasos y alegrías. Con ese encuentro, hemos experimentado cómo es la mirada de Dios. No hagamos caso a los teólogos que nos dicen que no sabemos nada de Dios. Bueno, también puede ser cierto; no sabemos nada de Dios; de Dios, repito el nombre de nuevo, sabemos:
SOLO AQUELLO QUE VIVIMOS.
Lo que vivimos, nadie nos lo puede refutar; y lo que vivimos de Dios, siempre es amor. Por eso, cuando nos encontramos con Él, en la multitud de cosas que, a veces, nos agobian,
SU MIRADA ES DE COMPASIÓN, DE MISERICORDIA, DE COMPRENSIÓN, DE AMOR Y DE PAZ.
Y es que el Señor, con su mirada, ha hecho que descubramos nuestro corazón. Antes de este encuentro con el Señor, veíamos un conglomerado de cosas, sin ninguna relación de una con la otra; no encontrábamos el sentido de ninguna de ellas; y es que mirar con los ojos de la carne es el engaño más grande en el que podemos caer. Nada es real y claro si la fuente son solo los sentidos. Tantas veces, van en dirección contraria a los anhelos del corazón.
Y no termina aquí este proceso, tiene un impulso irreprimible, que nos empuja al diálogo claro y evidente con todo lo que antes teníamos marginado. Y esto ocurre, porque
SU MIRADA NOS HA ENSEÑADO A MIRAR.
Recordad: y vio Dios que todo era bueno. Esta es la experiencia madura en nuestra relación con Dios. El corazón, transformado por Dios, mirado por Dios, ve bondad y belleza hasta en los fracasos y problemas, tanto los propios como los ajenos.
Miremos nuestra vida con los ojos de Dios.
Miremos a los hermanos con los ojos de Dios.
Contemplemos todas nuestras circunstancias con los ojos de Dios.
Disfrutemos de toda la creación, contemplándolo, amándolo y respetándola con los ojos de Dios.
Cambia toda nuestra vida, desde la raíz hasta el más insignificante detalle en el que nos podamos encontrar. Cuando nos ponemos en el ambiente de Dios, todo se convierte en claridad; y es que es normal; el sol solo sabe alumbrar; el corazón, mirado por Dios y mirando desde Dios, es como el amanecer, solo sabe teñir de oro todo lo que existe.
No existe el fracaso, mientras existe el amor; no hay muros insalvables que se interpongan, cuando somos mirados amorosamente por Dios; y toda convivencia es plena, cuando miramos a todos con la mirada de Dios. Dios, con su mirada, es el que nos hace brillar ante los demás; no hacen falta palabras; el milagro más fuerte y claro es el que se produce, cuando, lo que brilla ante los demás es la mirada compasiva, pacífica, comprensiva y amorosa de nuestro corazón. Es esta la mejor y más eficaz “invitación” a un cambio de vida en los demás.
Ya veis, ahora resulta que relacionarnos con Dios, se ha convertido en un diálogo con todos y con todo lo que existe; y es que nuestro trato con Dios se da en la intimidad de cada uno y en todas y cada una de las circunstancias de nuestra vida. Todo es diálogo con Dios, y, desde ahí, experimentaremos que todo es bueno, bello, amoroso y pacífico.
Solo un deseo: DISFRUTEMOS DE LA MIRADA DE DIOS.
Paz y bien.
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