LA PEQUEÑEZ DE UN GRANO DE MOSTAZA
Hemos de experimentar la eficacia de todo aquello que es pequeño, insignificante y escondido. Para ello hemos de abogar a la realidad de la experiencia de cada uno. Muchas cosas, en mi vida, que han tenido un inicio escondido y humilde, han tenido resultados llamativos y grandiosos; y no ha sido por la capacidad personal en un momento concreto; de verdad, ha sido la fuerza de Dios que ha actuado en la pequeñez de mi persona. Es que es el modo de actuar de Dios. Dios actúa sobre lo pequeño, invisible, humilde, y es ahí donde Él hace florecer un hermoso jardín.
Todo esto tiene un pequeño y misterioso proceso; como en toda realidad humana, empezamos por desbrozar; yo no puedo echar a boleo mis semillas sin antes hacer una exhaustiva preparación del terreno. Eso ocurre en los bosques y montañas. Ahora bien, cuando descendemos al valle, a nuestro pequeño huerto, hemos de mimarlo antes de depositar en él esa semilla de la que queremos extraer su fruto de vida. Hay que desbrozar.
¿QUÉ ES DESBROZAR?
Desbrozar es hacer gala de una cierta sensibilidad ante la grandeza de lo que Dios coloca en nuestro camino; no podemos vulgarizar los dones que Dios nos regala; vulgarizarlos es tratarlos sin cuidado, sin ilusión, sin entrega, sin delicadeza, como si no fuera nuestra vida con todo ello. Mirad, la misión que Dios nos encomienda es trascendental, y Dios no quiere que ella suponga un fracaso por incompetencia personal. Y bien, esta sensibilidad nos conduce a saber poner todos los medios que conducen a que el fruto recibido sea eficaz en cada uno de nosotros. Por lo tanto, elimina deja, fuera de tu atención todo lo que no sea la acogida del regalo recibido; no merece tu atención aquello que no conduce a tu plenitud y perfección. No es luchar por ello y para ello; es, simplemente, que no entra en el área de tus intereses. Y se le margina y punto. No perdamos el tiempo en lo que no nos interesa. Todo ese tiempo que a veces malgastamos, nos urge
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