No olvidemos el tener nuestro corazón bien regado. Necesitamos el agua; no cualquier agua; el agua viva, que es la que esponja y sacia el corazón. Y cuanto la dificultad más apremia, con más intensidad debe penetrar todas las rendijas esta agua regeneradora. Caer en la sequedad del corazón es entrar en esa noche oscura de la que nos es muy difícil salir. Lo importante es prevenir, que es como tener siempre a mano ese pequeño vaso de agua, y no parar de alimentar el corazón en cada momento. Estamos en pleno verano y sabemos de sobra cómo el agua tiene que estar, continuamente, a nuestro alcance. Así lo hemos de hacer con el Espíritu. Ese pensamiento que te llena; ese encuentro con el Señor que te alimenta; esa visita a un enfermo que te hace despertar; esa eucaristía que te robustece. Son tantos los sorbos de agua viva a dar que los agradecerá tu corazón. Estamos en plenas jornadas. En ellas, nos vamos saciando de vida y de esperanza. Esa es la fuerza: vida y esperanza; no es solo un hic et nunc; es esperanza de que el camino que he encontrado es el que sacia mi corazón y que, bebiendo el agua que le corresponde, lo podré vivir con facilidad. Buen camino.
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