Conversa con Dios; escucha su voz; si Él nos acompaña, las sorpresas son infinitas. Pasas de preguntarte: pues, yo no escucho a Dios, yo no lo veo, a esta otra: es que me encuentro con Él en cada momento; hasta que concluyes: todo es presencia y voz de Dios. A San Francisco le costó toda la vida. Al final de su vida es cuando compone el Cántco de las Criaturas, exponente vivo y real de la presencia de Dios en todas las las criaturas. Mira, solo hace falta "limpiar" el corazón, liberarlo de tantas ataduras, y empieza a ver, mirar, escuchar y amar. Sin liberación, tenemos ojos y no vemos, tenemos oídos y no escuchamos. No nos sirve lo que tenemos, o, incluso, puede que los tengamos en orientaciones equivocadas. Haz, Señor, que vea; haz, Señor, que te vea en todas las circunstancias de mi vida.
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