| Foto de El Triángulo. Romería al Racó en su 25 aniversario. |
Es muy importante que mi casa sea fraterna; es trascendental que yo, en mi casa, encuentre el reposo del alma, mi liberación, la paz que el Señor me regala. que no tenga miedo en entrar en mi casa, porque allí no me voy a encontrar nada desagradable. A nuestra casa, no introducimos a cualquiera; a lo máximo, los recibimos en la puerta, y, si nos conviene, los invitamos a entrar. Y…, esto ¿por qué? Sencillamente, porque queremos proteger la intimidad de nuestra casa. La cerramos y la abrimos a conveniencia nuestra. En ella, debe vivirse la seguridad y la intimidad de los nuestros; en ella, no se admite a quien pueda perturbar estas características esenciales.
Bien, esto es lo que hacemos con nuestra casa-vivienda, con nuestro inmueble familiar, al que rodeamos de toda clase de cuidados y mimos; y todo ello porque es el espacio reservado a nuestras experiencias personales íntimas y profundas de las que no podemos prescindir. Somos conscientes de la importancia de nuestra casa; ahora bien,
¿SOMOS IGUALMENTE CONSCIENTES DE LA IMPORTANCIA DE NUESTRA CASA INTERIOR? ¿CUIDAMOS, CON LA MISMA INTENSIDAD, ESTA NUESTRA CASA INTERIOR? ¿DEJAMOS ENTRAR A CUALQUIERA EN NUESTRA CASA INTERIOR?
Vamos a desmenuzar esta nuestra reflexión. Hemos de ser conscientes de quiénes cohabitan en nuestro santuario personal e íntimo. Ese discernimiento hará que nuestro habitáculo interno sea el reposo del alma. Si este discernimiento lo descuidamos, seguro, nos entrarán “okupas” en nuestra casa, y harán muy difícil el reposo del alma. Hemos de aprender a cerrar y abrir la puerta de este nuestro santuario interior. Y esto se consigue con el silencio-plegaria. Si este no está, tenemos siempre la puerta abierta, y, cuando, sin ningún control, siempre esto ocurre, pueden aparecer sorpresas desagradables.
A veces, llama a la puerta, la desilusión. Cuidado, es una “okupa”; no la dejes entrar. Va a perturbar tu presente y tu futuro. No converses con ella. Ten en cuenta que todo aquello con lo que converses, a la larga, se apoderará de ti. Hay cosas que, por obvias y claras, hay que marginarlas y mandarlas al desván del olvido y desatención.
También llama a la puerta de nuestra casa ese fracaso que te ha removido y golpeado por sorpresa. Pon mucho cuidado, si entra, te hará mucho daño; es un okupa muy peligroso; ataca la raíz de toda iniciativa. Un fracaso es y debe ser solo una caída, un desliz, una equivocación. Si pasa de ahí, es que lo has dejado entrar y te borrado toda posible perspectiva positiva. Cierra la puerta en ese momento íntimo de silencio, y recobrarás la paz. Es un inquilino no deseable.
No seas tan sensible a lo que puedan decir, interpretar o pensar de ti. Se apoderará de ti la apariencia, y, a la larga, no te reconocerás ni tú mismo. No tengas miedo de ser auténtico, de ser lo que eres; somos lo que somos ante Dios y nada más. Deja que aquello que resuena en tu vida, y que, inicialmente, intenta apoderarse de ti, se diluya por sí mismo como el azúcar en el agua, y habrás puesto a salvo la limpieza de tu casa interior. Esta es la que interesa. En la teología evangélica, el QUE PIERDE, GANA.
No pierdas nunca a un hermano. No puede haber motivo para ello. El tesoro más grande que tenemos es: el hermano. Podemos discutir, no estar de acuerdo, llegar a conclusiones contrarias y contradictorias, podemos pensar que nos han hecho una gran injusticia; sí, pero todo ello y todo ser, humanamente muy fuerte, no es suficiente motivo para perder a un hermano. Hay una línea roja que no podemos atravesar; si la atravesamos, a quienes perjudicamos no es al otro, nos destrozamos nosotros mismos. Has puesto un okupa asesino en tu casa, y, ya sabes, el asesino vive para matar, y, en este caso, la víctima es uno mismo. No dejes nunca que tu casa interior se emponzoñe con la presencia asesina del odio a algún hermano. El odio atormenta y destruye toda convivencia. Cierra la puerta al odio, y disfruta en tu interior de la luz del amor.
Vamos a ponernos más a ras del suelo. Sí, nosotros no llegamos a este extremo que anteriormente hemos expuesto; en cambio, llaman a nuestra puerta actitudes de envidias, celos, miedos, murmuraciones, incomprensiones, exigencias y tantas cosas más que cada uno puede ir añadiendo en el trayecto de su vida. ¿No creemos desconfianza entre nosotros? Todo ello, cuando intentes entrar en el silencio de tu interior, te atormentará e impedirá que disfrutes de la paz de la plegaria. Estate atento a aquello que te atormenta cuando estás en silencio; te está indicando con claridad cuáles son los inquilinos no deseados que tienes en tu interior. Aparentemente, parece que no tengan importancia, pero afean tremendamente la casa interior e impiden el que disfrutes de la claridad que te corresponde, cuando se tiene una casa limpia de cualquier impureza.
Abre las puertas de tu casa interior, de par en par, sin miedo; pero…
¿A QUÉ?
Esta es la pregunta a la que debes responder con claridad. Y la respuesta es sencilla:
ABRE LAS PUERTAS DE TU INTERIOR, NO PARA QUE ENTRE LO QUE HAY FUERA, SINO PARA QUE PERFUMES DE FRAGANCIA TODO LO QUE HAY A TU ALREDEDOR.
Si tu casa la mantienes limpia, libre de inquilinos okupas, Quien la adorna y hace su morada en ella, es el Señor con su amor. Una casa limpia llena de belleza y armonía todo lo que hay alrededor. Nuestra misión, como consecuencia de ello, es contagiar a los demás con los regalos recibidos por Dios. Si lo que recibimos del exterior se apodera de nuestra vida, es porque no tenemos nuestra casa interior en condiciones. Lo justo, exacto y bueno, es tener nuestra casa limpia, y como consecuencia, habita Dios en ella con su amor, y este, el amor, esta presencia de Dios, es mucho más fuerte que todo lo que, externamente, nos pueda suceder, vence a todos los obstáculos que puedan aparecer. Entended aquello que tantas veces cantamos:
SOLO DIOS BASTA Y…
Es Él el que sabe poner la luz que le corresponde a cualquier rincón de la casa, para que nosotros la podamos disfrutar.
¡QUÉ BIEN SE ESTÁ EN UNA CASA EN LA QUE HAY ORDEN, ARMONÍA Y PAZ!
Esta es la obra de arte que Dios realiza en cada uno de nosotros. No olvidemos, es Dios Quien quiere nuestro bien, nuestro gozo y nuestra paz. Transformar el mundo, al pequeño mundo que tenemos a nuestro alrededor, es dejar salir el fuego que Dios ha depositado en nuestro interior. Jesús nos lo ha dicho:
HE VENIDO A TRAER FUEGO A LA TIERRA, Y MI DESEO ES QUE ARDA.
Hemos de incendiar el mundo con el fuego del amor de Dios que Él ha almacenado en nuestro interior.
Seguiremos con este argumento, con todo aquello a lo que hemos de abrir las puertas de nuestra casa. Paz y bien.
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